HISTORIA DE ALMENARA DE TORMES

La historia de la Villa de Almenara brilla con luz propia a partir del siglo XII, cuyas primeras noticias documentales en el archivo diocesano de Salamanca datan de 1164.

Almenara ejerció un papel relevante como vigía muy importante en las incursiones de los moros que, una y otra vez, se apoderaban de estas tierras de León. Después cuando es liberada, revive en torno a su castillo y a su parroquia, y sigue siendo vigía con singular cautela. Es Fernando II de León el que manda fortalecer muchos lugares de su reino con murallas y presidios, entre los cuales figura eminentemente la villa de Ledesma y sus territorios.

Es de notar que en estos documentos reales se le da a Almenara la denominación de “villa”, término el cual designaba entonces núcleos importantes de población, bien por la importancia de sus explotaciones o bien por sus habitantes.

Si, desde Salamanca, nos dirigimos a la villa condal de Ledesma, siguiendo la carretera que bordea el río Tormes, nos encontramos con Almenara de Tormes, distante 20 km de Salamanca y 14 de Ledesma.

Es probable que a la sombra del Castro romano levantaran los árabes un poblado, si es que no existiera ya antes de la invasión sarracena, y ellos le impusieron el nombre de ALMENARA, cuyo significado es fuego que se hace en las atalayas para dar aviso de algún acontecimiento o peligro, o torre para hacer señales con fuego.

Almenara era la atalaya sobre el rio Tormes, situada en un pequeño altozano rocoso, dominando una bellísima y exuberante vega. En la Iglesia parroquial hay bastantes vestigios moriscos, que detectan la presencia de dichos moradores en este lugar. Aún le cabe la gloria de su famoso Castillo, donde se alojaron familias de la realeza y de la nobleza, cuyos nombres aún perviven en la historia (Duques de Albuquerque, Marqueses de Castelar, de San Gil, de Rionegro…)

Esta Villa alcanza su máximo esplendor en los siglos XV y XVI, cuando ya derruido el Castillo, sus moradores se agrupan en diversas hermandades y la religiosidad de sus gentes se manifiesta en la construcción de varias Ermitas. Sus moradores siempre han sentido un profundo orgullo de su Iglesia románica y la Ermita de sus amores, dedicada al Santísimo Cristo de las Batallas y hablan sin recelo a los foráneos de la misteriosa “Cueva de los moros”.